Riesgos urbanos y desastres naturales
El aumento de la población humana junto con la tendencia a concentrarse en centros urbanos, aumenta las presiones sobre la ocupación de territorios. Esto aumenta la demanda de suelos, gestándose la ocupación de sectores cada vez menos aptos desde el punto de vista de los riesgos a desastres naturales.
En este momento, el 75% de la población en Latinoamérica vive en ciudades, para el año 2025, según estimaciones de la ONU, este porcentaje será 85%. La gran mayoría de las grandes ciudades en esta región, están localizadas en áreas de riesgo ante desastres naturales de diversa consideración, particularmente, terremotos, inundaciones, derrumbes y deslizamientos, y tsunamis (Lavell, 1996). Debido a esta inadecuada relación hombre-ambiente, en el peor de los casos, resulta en que ocurran catástrofes naturales. (Larraín & Housley, 1994)
Ningún asentamiento humano está libre de riesgos naturales, es por ello vital que investigadores y los que toman decisiones, tengan acceso a toda la información existente sobre riesgos. (Natural Hazards Center, 1997)
La necesidad de información es especialmente aguda a medida que avanzamos en los 90’s y contemplamos cifras de víctimas en aumento por riesgos naturales a nivel mundial. En respuesta a esta amenaza, la Asamblea General de la ONU, designó a la década de los 90’s, como la Década para la Reducción de Desastres Naturales, un período de 10 años dedicado a mejorar los esfuerzos para reducir pérdidas generadas por los extremos de la naturaleza. Esto, a través de políticas y organismos en cada nación, dedicadas a esa función. (Natural Hazards Center, 1997)
En la bien aceptada relación:
R/FN + V = RD;
R : Riesgo
FN : Fenómenos naturales
V : Vulnerabilidad
RD : Riesgo de desastre
Un factor que se agrega a las condiciones de vulnerabilidad y, en algunos casos, un factor agregado al riesgo mismo, son las acciones antrópicas sobre el medio (como el caso de desertificación, inundación, debido a deforestación y contaminación de aguas y aire). No deben confundirse los fenómenos naturales de la dinámica terrestre y atmosférica con desastres en el caso de que los humanos hayamos establecido condiciones y ambientes vulnerables. (Molin, 1996)
Históricamente, la propensidad a desastres en Latinoamérica está bien documentada: la destrucción de Lima (1746) y la antigua ciudad de Guatemala, desastres sísmicos más recientes en Huaraz, Perú (1948), Valdivia, Chile (1960), Managua (1972), Ciudad de Guatemala (1976), Popayen (1984), Ciudad de México (1986), San Salvador (1986), Océano Índico (2004) y Maule, Chile (2010); grandes inundaciones en Buenos Aires (1985 en adelante); masivos derrumbes en Río de Janeiro, Bahía y Recife (1988 en adelante), el desastre de Vargas, Venezuela (1999), la destrucción de Arnero, en 1985, por una colada de barro resultado de la erupción del Volcán Nevado de Ruiz (Lavell, 1996); en Chile las recientes inundaciones, etc.
Los factores de riesgo y desastres potenciales son empeorados por un ambiente social vulnerable y complicado aún más, por los riesgos de transporte y comercio de la economía “moderna”. Otros agravantes son la concentración de pobreza y el crecimiento mismo de las ciudades, en forma anárquica, descontrolada sin adecuados controles sobre el desarrollo urbanístico. (Lavell, 1996)
El riesgo urbano es, primero que todo, un fenómeno que la sociedad define de acuerdo a sus valores intrínsecos. El riesgo es definido de acuerdo a la percepción de amenaza, sea ésta física o simbólica. Por lo mismo, las definiciones de riesgo urbano varían de acuerdo a los políticos, habitantes de ciudades.
Muy a menudo el riesgo urbano se superpone al ambiente urbano mismo, gestándose muchas veces, políticas públicas desorganizadas y contradictorias. En su esencia el riesgo urbano es complejo y difícil de manejar. La búsqueda de máxima seguridad puede exponer a una ciudad a perversos efectos que aumentan su vulnerabilidad. Además, el riesgo urbano y la forma en la cual es percibida, revela las relaciones de poder de la sociedad en cuestión (Milbert, 1996) esto complica la gestión y coloca vallas difícilmente superables.